Carolina Márquez
Historias para contar
Carolina Márquez
Desde mi infancia: Mi tía Carolina Márquez.
BUENOS AIRES-GUALEGUAYCHU – 1955
– Sin escalas.
Con los años, siendo nosotros aun pequeños, mamá viajaba a ver a su madre, que vivía junto a sus otros hijos, Esos hermanos / as de mamá,( fueron catorce) Adolfo, Luis, Antonio, Félix, Ricardo, Florencia, Gregoria, Roque, Paulina, Carolina, Santín). Algunos vivían allá, en Gualeguaychú. Otros en Buenos Aires. Una vez por año, nos preparábamos para la gran travesía: cruzar el rio Paraná. Pues Íbamos en un micro que salía desde plaza once, que cruzaba el Rio Paraná en una balsa (porque aun no habían construido el puente de Zárate brazo largo) y después de varias horas, llegábamos a destino.
La casa de la abuela con techo de paja, estaba sobre un terreno. En el fondo había otra vivienda de iguales características. Con piso de tierra.
Lo que escribo es el recuerdo de mi infancia alrededor de los seis años de edad.
Lo que recuerdo de mi abuela (Carolina García) es relativamente poco, una frágil e enjuta anciana vestida de negro, En otras épocas el luto se llevaba de los pies a la cabeza y de por vida, como se usaba entonces. Hablaba poco y muy bajo. La vi un par de veces nomas… Durante las visitas a Entre Ríos - Gualeguaychú.
Después regresábamos a casa. En Buenos Aires, en el barrio de Once, en pleno Ecuador y Corrientes, a pocas cuadras del Mercado de Abastos (Hoy shopping) donde transcurrió mi infancia. Nos enterábamos de las novedades de nuestras raíces por cartas, telegramas (solo los nacimientos o defunciones) o también cuando alguno viajaba, así eran las cosas.
La tía Carolina
Con la que siempre tuvimos contacto, fue con Carolina Márquez (nunca tuvo hijos) continuamente se mantuvo cerca nuestro. Fue una de las tías más queridas por nosotros.
Hablar de nuestra tía, es hablar de nuestras vidas. Era algo indisoluble.
Dos hermanas que casi siempre estuvieron juntas. A veces mamá se ponía un tanto celosa de ella. Pero nada de qué preocuparse en particular.
Anécdotas de ella, muchísimas
La familia y el pavo
Cuando éramos niños, asistíamos al curso para tomar la primera comunión, en la iglesia del barrio de Balvanera. Los fines de semana como ya era costumbre, también como una forma de reunir a las familias, se realizaban quermeses o nos pasaban películas, en una sala de cine, que también servia para representar pequeñas obras de teatro, al terminar se hacían sorteos de alguna donación apropiada.
Ese sábado se sorteaba un pavo rotizado, adornado con ajíes y papas asadas.
Algunas personas compraban diez números otras más. Nuestra madre solo pudo comprar dos uno de ellos era el cuarenta y cuatro. Quiso el destino que fuera el ganador. Al volver a casa junto a mi hermana, nuestra madre y una tía, todos caminando las pocas cuadras que nos separaban de casa, después de un rato mi tía tropieza, desparramando todo por el piso, todo menos el pavo, que milagrosamente atajé con mis manos. Ya en casa mamá, lo volvió a decorar como sino hubiese habido problemas.
Nos quedamos expectantes a que llegara papá del trabajo, con muchas ganas de verle el rostro, ya que seguramente se preguntaría de donde habíamos sacado semejante menú.
Después de un rato, sentimos la llave en la puerta, cuando entra se queda impávido, le extrañaba el alboroto que estábamos haciendo. Y nuestra humilde familia festejó alegremente el acontecimiento.
Recuerdo un día, que con ella volvíamos de estar en una kermese, en una Iglesia de Balvanera, Capital Federal, donde nos habíamos ganado una rifa, cuyo premio era un pavo totalmente adobado, con ensalada rusa. Ella tropieza y el pavo vuela, la fuente se rompe, pero igual lo llevamos a casa. No nos iba a amedrentar una caída.
Mi viejo no lo podía creer, algo había comprado para la cena. Cuando llego papá, el pavo estaba sobre la mesa (mamá se las arregló para decorarlo) y nosotros esperándolo, muertos de risa. Él simplemente no podía creerlo.
En esa misma iglesia, nosotros asistimos todo el año para estudiar catecismo, donde después tomaríamos la primera comunión. Jugábamos al fútbol, también veíamos películas que nos pasaban los curas, los domingos.
Aparece Francisco Laureano
Habían pasado unos años y cosa del destino, mi tía se puso de novia, fue también el único hombre que le conocimos (Francisco), hijo de inmigrantes italianos. De bigote corto, casi pelado. Ese noviazgo duraría no menos de 20 años, después se casaron. En una reunión familiar. Muy buen tipo, trabajador, Era operario en la fábrica de lácteos Kasdorf, muy simpático, pero amante de la bebida. Le estaremos siempre agradecidos por compartir su tiempo con todos nosotros y por traernos siempre buenos productos. Nunca nos falto leche ‘’Las tres niñas’’. Aprendimos a quererlo tal cual era.
A veces nos llevaba a Palermo, nosotros andábamos en bicicletas alquiladas, generalmente de una hora, a hora y media. Mientras ellas mateaban y Francisco escuchaba los partidos en su radio spica.
Muchas veces llegábamos todos juntos a Palermo y volvíamos sin él. Era un mago para desaparecer.
Eso sí, antes nos dejaba en una pizzería, con todo pago. Bueno, eso creo. Al menos nunca lavamos los platos, jajaja.
Otras de sus salidas clásicas era ir al barrio de la Boca.
En épocas de carnaval, el barrio de la Boca era muy festivo. Desbordaba de alegría y color. Siempre estaban colmados de gente. Nos compraban serpentinas, pomos de goma o de plástico. Los bares y las pizzerías estaban llenos.
Ibamos al Tuñin de la Boca. Las pizzas eran riquísimas. También abundaban las cantinas, lugares siempre con algarabia.
Francisco era bostero hasta el tuétano. Hincha del Club de futbol Boca Junior. Respiraba amor por su club favorito. Sin embargo nunca me cambie con mis hermanos éramos gallinas a morir (River Plate)
Recuerdo un día, pasamos por un kiosco y vi unos broches, que iban en el ojal de los sacos, había de todos los cuadros. Le pedí a Francisco que me comprara uno de River. Me sorprendió el kiosquero, porque el broche de Boca se lo obsequió y el de River se lo cobró. Nos fuimos riendo de las circunstancias.
También gustaba ir a la costanera sur, teníamos largas caminatas. Recorriéndola desde la glorieta de Av. Belgrano hasta la actual Fuente de Las nereidas de Lola Mora.
Otros de los paseos preferidos nuestros, eran recorrer el Zoológico y la Rural, nos llevaba Rosario (M). Debemos reconocer el esfuerzo económico que le costaba trasladarse con nosotros, porque éramos cuatro, casi siempre.
#ANECDOTARIO: CAROLINA
♣ Autor: Miguel Ángel Acuña
Comentarios
Publicar un comentario