Apuntes sobre mi madre




Apuntes sobre mi madre

Hogar  ‘‘La casita’’

Transcurridos unos meses del 2006, con mi hermana solíamos alternarnos las visitas al hogar donde vivía Rosario (92), nuestra madre, taurina, varios días a la semana. Algunas veces la llevábamos a almorzar o a tomar un helado. O también nuestro hermano se la llevaba a su casa a pasar el día. Posteriormente esto no se podía hacer.

Entonces nos sentábamos a la sombra, en un patio, del hogar, donde hacía cuatro años que estaba, en bonitas sillas de hierro forjado, con almohadones. Yo le leía poemas y cuentos, a veces eran míos y otras veces no. Los seleccionaba para tal fin.


Algunas veces también, nos encontrábamos con mi hermana y mi sobrina Claudia y hacíamos una ronda de mates, todos juntos.

Otras veces, pasaba a buscar a mi hermana y juntos la llevábamos en silla de ruedas a unas pocas cuadras de allí. Elegíamos un lugar con sombra y saboreábamos helado los tres.

Charlábamos lo que se nos venía a la mente, después volvíamos a dejarla en el Hogar.

Por lo general tenía buen humor. Tenía dedos largos espigados. Su nieta la visitaba le pintaba las uñas y también tomaba mate con ella.

Hoy la encontré feliz. Ella no perdía detalles. Contemplaba todos mis movimientos, ahora, casi no hablaba. Pero a veces lo hacía con frases cortas.

Infaltablemente cruzaba su pierna izquierda sobre la derecha y así se quedaba, por largo tiempo.

A veces nos recordaba, otras no. Nosotros lo tomábamos como algo natural y obvio.

Los días sábados, por la tarde solía pasar por ''La casita'' de Alicia, el nuevo hogar de mi madre en esos años.

En verano nos situábamos en un patio intermedio con algunas plantas. La ternura flotaba en su mirada, mientras ella devoraba un paquete de obleas o un flan de vainilla. Según le llevaba, más un jugo de manzanas o de naranjas, que casi siempre protestaba porque estaba frío. Claro lo sacaba directamente de la heladera de un kiosco. En invierno, al jugo lo ponía junto a la estufa, para templarlo un poco, hasta que me avisaron que no era conveniente, para que no me imiten los demás ancianos (enf. Marianela)

Nunca me dio demasiado trabajo para comer. Luego yo escribía parte de algún poema o una pequeña historia.

Mientras ella me contemplaba, con mucha paz en sus ojos. Entonces Rosario dejaba ver su mejor sonrisa.

Me pedía: -  ''Dame un poco de eso'' ''algo de ahí, de eso''

Como los chicos, se guardaba los papeles debajo de su suéter, yo simulaba no darme cuenta, a veces lo hacía tan rápido, que casi no me daba tiempo a terminar de escribir las frases.

En otras oportunidades le mostraba sus plantas y ella las miraba en la pantalla de mi laptop, con alegría. - Rosa: ‘‘A esas plantas, las conozco sonriendo  - Miguel: claro mamá, son tuyas. Sonriendo también’’

Su sonrisa quedará suspendida en el tiempo.

Debo agradecer a Alicia y a la enf. Marianela: por los cuidados que le prodigaron mientras estuvo a su cargo.

El jardín de la calle Irigoyen

Mucho antes que ingresara al hogar ‘‘La casita’’, vivía en un departamento de dos ambientes, en planta baja, en el mismo barrio, con dos patios, en uno de los cuales ubicó sus plantas.

El jardín de Rosario (m) en el patio de la calle Irigoyen, era lindo. A Rosario le gustaba mucho cuidar sus plantas, que algunas veces eran banquete de hormigas negras, que solían visitarlo, muy de tanto en tanto, cuando ocurría eso, solo dejaban los tallos pelados, (había un gran jardín en el departamento contiguo, y no dudo que el hormiguero subterráneo, fuera más grande de lo pensado.)

Recuerdo haber fotografiado todas y cada una de sus plantas. Sabiendo que en algunos años más, solo serian recuerdos.

Fue donde vivió muchos años con Esteban (p) Al fallecer su esposo, estuvo varios años viviendo sola(es decir, con tres mujeres que la cuidaban, las 24 hs, hasta que nos dimos cuentas que a veces quedaba sola. Es más, la propia Rosario nos contaba que se daba cuenta que la dejaban sola. La chica que la cuidaba sábados y domingos se escapaba a bailar, y regresaba bien entrada la madrugada.

Un día lo hablamos con mis hermanos, y entonces pase por la casa de Rosario a la 1 AM, y confirme lo que ya sabíamos, que la habían dejado sola. Ella rondaba los 92 años aproximadamente.

Nos dimos cuenta que la situación no daba para más. Deberíamos pensar en otra cosa. Este fue el detonante, para tomar la decisión de ponerla en un geriátrico.

 Ahí surgió un hogar de ancianos, en el mismo barrio.

Una y mil veces me vino a la mente esta frase:

‘’Una madre cría 10 hijos pero 10 hijos no pueden cuidar de una madre. ’’

 

Sanatorio de Colegiales

Pasó el tiempo,  estábamos transitando el 2011 y ahora con 96 años estas internada (no era la primera vez que quedabas hospitalizada) en un sanatorio del barrio de Colegiales, son las 5.10 PM y estas descansando con la sonda puesta, el alimento que te llevará de regreso al hogar, pasa lentamente vía sonda nasográstrica.


No me pregunten nada. A veces es difícil soltar a un ser amado. Aunque era lo mejor para ella, que Dios se la llevara, dado sus años.

Esta noche, ya no puedes hablar ni mover los ojos, ni los brazos, al menos, no hoy.

Voy acostumbrando mi mente, paso a paso. A lo que vendrá. Aunque recuerdo haberla despedido hace ya, mucho tiempo atrás. Según decía yo, para ir acostumbrándome a su partida. Hace unos años, le había hecho un poema en su honor. A modo de despedida. En fin…


El suero transparente va quedando atrás y el alimento líquido, de color tiza va ganando terreno.

Entonces yo pensaba: ‘’Tú con tus 96 años y yo con mis 61, a cada uno los suyos. ’’ Como necesitando establecer un tiempo cronológico.

Mis manos tiemblan. Mi voz se resquebraja. Mi vista se nubla.

Todo esto a veces parece un deja vu, pero lastima como si recién me enterara.

Pasaron tan solo, unos días y emprendiste el viaje.

Te despedí a la distancia, con estas palabras…


 De Gualeguaychú a Buenos Aires



Rosario Márquez fue su nombre. Nació allá por los años 1914 en Gualeguaychú, en la Prov. de Entre Ríos – Argentina.


Vino a Buenos Aires, Capital Federal traída por su hermano Adolfo (músico del ejercito) para estudiar en Bs As (esa fue la promesa que él, le hizo a su padre) pero la terminó usando de niñera en su casa, sin pagarle un solo centavo (rompiendo dicha promesa). Cuando ella vio que así no tendría futuro, se fue de la casa de su hermano, a trabajar como cocinera para una familia acomodada. Con el tiempo llamó, a su hermana Carolina, para que viajara a Buenos Aires. Quería que trabajara en la misma casa, como mucama, Rosa ya le había hablado a la familia.


Rosario estaba en la plenitud de su vida, pasaron algunos años y conoció en 1942 a Esteban, mi padre.

Mi abuela paterna era viuda (oriunda de Chivilcoy), modista, con muchos hijos, cuatro varones y tres mujeres).

Así eran esos tiempos difíciles. Donde los provincianos venían a la Capital federal, a buscar un destino mejor.

Miguel Ángel Acuña Márquez – Vientoazul
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Publicado por Vientoazul (Miguel Ángel) para Vientoazul_tornasolado el 11/20/2013 03:52:00 p.m.

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